domingo 14 de junio de 2009

Watanabe: la oruga

Estuve leyendo varios del peruano José Watanabe (1946) durante estas últimas semanas, marqué varias páginas -ya lo dije, creo, en los embarazos se me da mucho más por leer que por escribir, cuánto más liberador es!- y me quedo con este. Todos somos animales incompletos...mitad monstruos: pesados y lentos, mitad veloces y etéreos.

La oruga

Te he visto ondulando bajo las cucardas, penosamente, trabajosamente,
pero sé que mañana serás del aire.

Hace mucho supe que no eras un animal terminado
y como entonces
arrodillado y trémulo
te pregunto:
¿Sabes que mañana serás del aire?
¿Te han advertido que esas dos molestias aún invisibles
serán tus alas?
¿Te han dicho cuánto duelen al abrirse
o sólo sentirás de pronto una levedad, una turbación
y un infinito escalofrío subiéndote desde el culo?

Tú ignoras el gran prestigio que tienen los seres del aire
y tal vez mirándote las alas no te reconozcas
y quieras renunciar,
pero ya no: debes ir al aire y no con nosotros.

Mañana miraré sobre las cucardas, o más arriba.
Haz que te vea,
quiero saber si es muy doloroso el aligerarse para volar.
Hazme saber
si acaso es mejor no despegar nunca la barriga de la tierra.

José Watanabe (de Historia Natural - 1994 )

viernes 12 de junio de 2009

Mis favoritas de todos los tiempos

Porque estoy por entrar en el mundo de Nick Hornby, comparto mis dos (quizás tres) canciones favoritas de todos los tiempos. No las escucho siempre, solo a veces. Hoy por ejemplo, me até el pelo a lo Amy Winehouse -quisiera ser por una noche Amy Winehouse- y escuché varias veces Time after time, de Cindy Lauper, versión Cassandra Wilson. (Para detalles sobre mi estado de ánimo, o el mood que acompaña esta canción en este día particular -después de todo esto se trata de un blog, hay que hacer honor al género- invito a leer cualquiera de las entradas de http://www.mexicomemata.blogspot.com ella lo ilustra mejor que yo). Por lo demás, aquí va una de mis tres favoritas.
Buen fin de semana largo.

Amy, for this night

Time after time
Lying in my bed, I hear the clock ticks and think of you
Caught up in circles, confusion is nothing new
Flash back, warm night, almost left behind
Suitcase of memories...
Time after
Sometime you pictured me, I'm walking too far ahead
You're callin' to me, I can't hear what you've said
You said, "Go slow, I fall behind"
The second hand unwinds...
If you're lost, you can look and you will find me,
Time after time
If you fall I will catch you, I'll be waiting,
Time after time
I turn, my picture fades, and darkness has turned to grey
Watching through windows, you're wondering if I'm okay
Secrets, stolen, from deep inside,
The drum beats out of time...
If you're lost, you can look and you will find me,
Time after time If you fall I will catch you, I'll be waiting,
Time after time
If you're lost, you can look and you will find me,
Time after time
If you fall I will catch you, I will be waiting,
Time after time
Time after time...

lunes 8 de junio de 2009

Bucólicos

Ensayo

Al tercer día fueron al pueblo.
Tenés que ver esto, se decían el uno al otro
los pescados brillantes bajo el sol de febrero
los collares, el mar
con sólo levantar la vista y fijarla
en el final de la calle. Todo parecía coincidir
con sus expectativas de veraneantes,
poco ingenuos quizás
demasiado habituados a interpretar lo real
como si le quitaran el corazón a una nuez.

Ella se detuvo a mirar sombreros.
Eligió uno calado con piedritas azules
alrededor de la copa.
No había espejo, así que se dejó llevar
por su intuición
y a falta de evidencia
imaginó el juego de luces y sombras
que iría a proyectarse sobre su rostro
el tiempo que durara el verano.


*


Caminaron hasta el mar.
El hombre atravesó la rompiente
miró hacia la orilla
hacia la mujer, el niño o más allá
como si buscara medir distancias.

Ella hubiese querido
tener el cuerpo de otra mujer.
Nos ocupamos demasiado del alma
pensó, pero en realidad
se refería a la mente.
Esa noche frente al espejo
imaginó en lugar del suyo
otro cuerpo.
Y también se preguntó por su interior
¿era posible, otro interior?


*


La tormenta duró toda una noche.
El niño estuvo con su padre.
La madre se cubrió la cabeza con una manta
para evitar que los vidrios
al hacerse trizas, le lastimaran la cara.
Como era de esperar, el día sólo trajo lluvia
y el proyecto de una huida apresurada.

Pero una cantidad de cuestiones prácticas
impedían la salida. Era triste pensar en eso
mientras caminaban por la orilla, debajo
de la pesadez del cielo o daban vueltas
alrededor del lobo marino muerto.


*

Los libros que leyeron esos días les dejaron
un gusto amargo, de fracaso personal
o de fracaso grupal, colectivo.

Estaban lejos de la lírica y el amor les pareció
un artificio, una postal envejecida
sobre la que no habrían sabido qué escribir,
quizás algo así como: Queridos, el lugar es hermoso
el niño crece y disfruta del agua
del aire, de la arena, el tiempo a veces acompaña
.


*


Partieron cuando comenzaba marzo.
El día pautado con los dueños
que llegaron para corroborar pérdidas,
roturas.

La casa había soportado intacta el temporal.
Sólo había que limpiar un poco los pisos
repasar el baño, en fin, prepararla
para los próximos inquilinos.

El auto que iba a llevarlos hasta el puerto
se atascó entre los médanos. Las ruedas
se hundieron en un gesto
que pareció de un inmenso desahogo.

El resto del viaje transcurrió sin sobresaltos.
Salvo para el niño que hubiese querido
un poco más de agua, aire y arena.

viernes 22 de mayo de 2009

Rachas de e mails sin respuesta

Creo en las rachas. Se te rompe un electrodoméstico –digamos la tostadora- y rápidamente se comienzan a descomponer todos los demás. Puede empezar con una chispa, un pequeño cortocircuito, no importa. Lo cierto es que uno debería sentarse pacientemente en un sofá con un whisky entre las manos y hacer de voyeur. Sin embargo, nos empecinamos en interferir entre los objetos y su súbito enojo, rezando en voz baja para que la computadora no decida plegarse a la conspiración.

Están las rachas del agua –su falta o su sobreabundancia-, las rachas del trabajo –te ofrecen tres cosas al mismo tiempo o no te ofrecen nada durante meses-, las rachas del fuego –en el término de una semana, hace unos años se me prendieron fuego dos sartenes ¿?-, de los medios de transporte – ningún colectivo se detiene cuando le hacés señas, parecés invisible para los taxis- etc, etc. Pero hay otra, que es la que hoy cual gripe porcina me ataca mucho más silenciosa y dificil de erradicar. Es la de los e mails que no se responden, que parecen no llegarle nunca a su destinatario y cuyas preguntas se pierden en un extraño y negro vacío. También está la variante: el e mail sí se responde, pero no las preguntas -o la pregunta- que estaba contenida en él. S me dice que esa es, justamente, la razón de ser del correo electrónico, permitirnos "mirar para otro lado" por decirlo de una forma elegante, cuando no se quiere responder tal o cual cosa. Algo diferente, dice, es el teléfono. "Si querés saber, llamá", me dice conmovido por mi congoja. "Hay que insistir", agrega, "los mails no sirven cuando uno busca una respuesta". Miro el teléfono. Sé que la mejor manera de hacerse lugar en un mundo tan atiborrado de gente es empujar un poco, al menos un poco. Y casi estoy por marcar el número en cuestión, por sacarme la duda, cuando pienso: si no me responde es porque no quiere responder. Es decir: porque elije no hacerlo, entonces eso, en sí mismo, ya es una respuesta. Y no llamo. Vuelvo, sin embargo a la compu. Presiono "refresh" una y otra vez. El mail esperado -siempre o casi siempre en relación al trabajo o algo así de vital importancia- no llega. Entonces me siento a esperar que termine la racha. Me concentro en lo que ya tengo pautado, hago ojos ciegos, oídos sordos. O pongo plazos que luego se van alargando y alargando -"si no responden el lunes, llamo" proposición que no tarda en dar lugar a "mejor le doy un par de días más". Como si no supiera que la esencia del correo electrónico es la respuesta inmediata. Mail que no se responde en el corto plazo caduca. Muere sin respuesta. Cae por su propio peso.

Por suerte empieza el fin de semana. Tenemos cumpleaños varios, un guiso de lentejas el lunes. Todo como para desconectarse de la mala racha de e mails y no-respuestas. Todo como para darle un poco "más de tiempo" a quien será el encargado o la encargada de romperla. Porque hace falta que uno solo de los dos o tres que tendrían que haber respondido hace tiempo den señales de vida -señales justas y acordes- para que el curso de la comunicación vuelva a la normalidad. O que uno, súbitamente fortalecido, haga uno a uno los llamados del caso. Que así sea.

domingo 17 de mayo de 2009

Más de Bucólico paisaje

La mujer sonríe, echa la cabeza para atrás
extasiada. El hombre mira a cámara, sostiene un bebé.
Se adivina el follaje de un parque
el clic de una máquina digital en automático.
Convivo con el gesto desproporcionado
de una mujer que no conozco.
La foto, –un amigo de la infancia que está enfermo
y vive en Paris- dice mi marido
deambula por la casa
como un espejo deformado de nosotros tres.

Ramas que se arquean sobre nuestra calle
inundan el barrio de una sombra apacible.
Los rayos llegan a destiempo
como empeñados en caer siempre
un poco por detrás nuestro.
No es el ritmo, ni el carácter de la marcha
sino la pregunta
¿cuál de nosotros se extravía
cuál muere, cuál es el que nos prolonga?

jueves 7 de mayo de 2009

Fragmentos de un diario en los Alpes

Ya no soy objetiva cuando se trata de Aira. Lo admito y tendré que vivir con esa limitación de mi conciencia crítica. Hoy, sin ir más lejos, iba en el 92 leyendo Fragmentos de un diario en los Alpes, (no me pregunten si es bueno, malo o más o menos, ya lo dije: no lo sé, sólo sé que me hace feliz abrirlo y empezar a escuchar el tono Aira, que cuando lo compré solo pensaba: quiero leer una novelita de Aira y que a medida que avanzo en la lectura pienso: que se demore un poco más, no quiero terminarlo todavía), cuando me asaltó la urgencia de llegar a casa y reunir uno a uno todos los libros de Aira que tengo. Quizás para cualquier biblioteca organizada esto suene a una obviedad -¿cómo tener los libros de un mismo autor dispersos?- pero para mí es toda una tarea y una alegría. Al instante ese pensamiento fue opacado por otro. Pensé: en unos años alguien se encargará de recopilar toda la obra de Aira. ¿Será posible habiendo publicado en tantas editoriales diferentes? Debería ser un esfuerzo increíble, casas editoriales acostumbradas a competir por lanzamientos y novedades unidas en virtud de un objetivo mayor….. Se me dirá que la dispersión es la condición de la obra de Aira. Si, ya lo sé, pero... ¿ven?, esto es lo que me pasa con él: me dejo llevar. Ya estaría llegando a Guardiavieja cuando pude imaginar en detalle el volumen de sus obras completas. Me vi pasando de relato en relato, inmersa en el gozo de esas novelitas, aquí La costurera y el viento, aquí El tilo, aquí La liebre o Ema la cautiva….se me hizo agua la boca. Ahí fue cuando me di cuenta de que estaba perdiendo el foco. Porque, por ejemplo, apenas imaginé las obras completas de Aira, yo -que soy la anti lectora de obras completas, que odio esos libros inmensos donde parecen borrarse las marcas del tiempo que afean o embellecen los otros, los pequeños libritos que uno acumula año a año- ya no pensé en la descripción de esa casa en los Alpes en la que estaba sumido el narrador Aira sino que fui al final del libro de Beatriz Viterbo y me regocijé frente a la lista de “títulos del autor” que todavía no leí. Consideré que, en todo caso, lo importante iba a ser tener la mayor cantidad de “libritos” posibles como para poder hacerle frente a esas Obras completas. En fin. Será que nos une la dispersión, la multiplicación errática. Hoy, a cuatro días de haber escrito las primeras veinte líneas de esta entrada, el libro descansa, inconcluso en mi cartera. Yo sigo pensando en tal o cual frase particularmente brillante –la descripción de unos osos en un almanaque, por ejemplo- y me prometo transcribirla en la próxima entrada. Aunque no podría asgurar que, de verdad, vaya a hacerlo.

Nota: Se acaba de editar una traducción nueva –o revisada- de Las alas de la paloma. Se los recomiendo. Por favor. Alternen la lectura de Aira con la de James.

sábado 2 de mayo de 2009

Otro poema


Te imagino en un edificio casi vacío
de esos que suelen usarse para oficinas.
El pelo negro envuelto en una toalla.

Leo tu novela. ¿Es verdad que esos años
fueron así de difíciles? ¿Que el aire
te resultaba espeso, que a duras penas te abrías paso?

Caminamos. Las luces se van encendiendo
el asfalto cede al verano
y sos mucho más veloz que yo
más optimista

cuando me agarrás fuerte de la mano
porque cambia la luz de los semáforos
y si corremos, decís
podemos llegar juntas y a tiempo.

De Bucólico paisaje (inédito)

viernes 1 de mayo de 2009

Dos poemas

Había que retratarse la una a la otra
mirarse como en un espejo.
Laura tomó el lápiz para dibujarme.
¿Ves?, dijo la profesora y corrigió un trazo
acá la boca se pierde en una línea fina, desaparece.
Nunca había pensado en mi boca de esa manera
pero ahí estaba el hilo delgado de la forma
como la cuerda por donde un audaz equilibrista
podría medir la entereza de su oficio.
¿O era la voz? Un timbre apenas audible
porque es mejor, alguien alguna vez me dijo
confundirse entre la multitud, que quedar al descubierto.


No sabíamos que el aceite derramado traía
mala suerte. La idea había sido freír unas papas
cortarlas en rodajas y echarlas todas al mismo tiempo
en una sartén descolorida. Los caracoles-
agregó mi madre mientras raspaba el piso negro
la superficie cubierta de pequeñas motas doradas-

cualquier cosa, en realidad, que provenga del mar
también es portadora de mala fortuna.
Nosotras mirábamos desde el sofá
atentas a la ceremonia imposible: borrar
las huellas de la desgracia futura.

de Bucólico paisaje (inédito)

jueves 30 de abril de 2009

6 de mayo en Fedro


viernes 17 de abril de 2009

Lecturas y desvaríos del colectivo 92

Estoy leyendo La caja, de Gabriel Reches. Hace semanas que leo bastante por trabajo y eso me obliga a sumergirme durante tres o cuatro días en una novela, terminarla, digerirla, en fin someterla a una máquina devoradora, opuesta a cierta manera de leer algo aletargada que me acompaña estos últimos años. No sé cuál es mejor. Quizás la segunda, pero es una lectura por momentos imposible, demasiado elástica en la cual el libro se pierde en medio de las mil y un ocupaciones diarias. Así leí Rojo y Negro y todavía recuerdo el clima, no sólo de la novela sino también del cuarto en el que lo leí a lo largo de seis meses. Pero también deglutí Crimen y Castigo en cinco noches, embarazada de siete meses sintiendo que se me terminaba el tiempo. Y también lo recuerdo bien. En esta ocasión junto al de Reches leí Tragamonedas de Lysyj y Las anfibias de Flavia Costa. Antes había leído dos de Muriel Spark –altamente recomendables-, Frío en Alaska de Capelli, La sombra del animal de Vanesa Guerra, en fin, Revolutionary Road el último que S me trajo de la librería Cultura de Brasil descansa en la mesa de luz al lado de uno de poesía de Watanabe que iré leyendo despacio, como me gusta, con el correr de los días.

De cualquier manera, lo que quiero contar es otra cosa. Salgo de casa a la una hoy para ir rumbo al trabajo. Desde que Macri decició hacer doble mano Pueyrredón el 92 tarda una eternidad en llegar, pareciera que viene de una dimensión desconocida, allá lejos donde los ojos clavados en el punto por donde debería aparecer el vehículo, no llegan a ver. Media hora entonces de la mente semi en blanco. No soy como aquellos que saben utilizar el tiempo al máximo y hubiesen hecho de esos 30 minutos un espacio temporal provechoso. En mi la espera adquiere toda su dimensión de espera. No puedo hacer otra cosa más que esperar. En este caso: incómoda, intentando que el resto de la gente se diera cuenta de mi embarazo (ya estoy de 4 meses) y, cuando llegara el colectivo repleto, me dejaran sentar, pudiera, yo, abrir el libro de Reches y seguir, ya no en mí letargo, sino en el letargo del Ruso, el personaje principal de la novela.
Llega el colectivo, nos subimos. No me animo a pedir el asiento hasta que alguien se levanta y ahí sí me avalanzo y abro el libro. Todo se demora, gira sin rumbo, la elección de las palabras de Reches demuestra un diccionario personal envidiable, las imágenes, el tono, pero siempre alrededor del eje de lo que no se completa, lo que se dilata, lo que se pierde. En eso el 92 encuentra una calle cerrada. Otra. Otra más. Los choferes se comunican de ventanilla a ventanilla. Las mujeres se exasperan, preguntan. El chofer no sabe qué responder. Regresa. Va para atrás. Vuelve a tomar Las Heras casi a la altura de Pueyrredón. Estoy nuevamente en la esquina de mi casa. Yo sigo leyendo, el Ruso está perdido como a veces me pierdo yo. “Ahora después” suele decirme S. Que dejo todo para más tarde. Y el colectivo se pierde, pasa por la avenida a la altura de Coronel Diaz, nadie sabe si finalmente iremos a recuperar el rumbo. Pero no hay nada que hacer, sólo esperar a ver qué pasa, como en la novela, con la certeza de que nada va a pasar; eventualmente el 92 recuperará el camino pero es estimulante pensar que por una vez el desvarío va a ser en serio, que vamos a girar y girar por las calles de Palermo a merced del capricho de un enloquecido por la obra pública en áreas ricas, un bienhechor –“están haciendo las cosas bien”, dirá la mujer a mi derecha- preocupado por el bacheo de la calle Castex, la calle San Martín de Tours y el chofer desquiciado sin saber qué calle tomar y ya casi estamos en Pacífico y no hay nada que hacer nos vamos cada vez más lejos, nadie se baja y yo termino el libro justo cuando, por esas cosas del azar, el colectivo llega a Estado de Israel y me bajo en la puerta del kiosco en el que todos los días compro algo para tomar, algo para comer, antes de entrar al trabajo.

sábado 21 de febrero de 2009

Poema

Herencia

Fue como si una mano levantara las hojas secas y otra
se encargara de revolver el aire
agitarlo, desparramar semillas, polvo
pájaros, billetes, insectos.
Ella tenía un pañuelo al cuello
y un pantalón años setenta
que ya no serviría después de esa tarde.
Se detuvo debajo de un toldo.
Fue como si una mano diera vuelta el presente
lo desparramara en piezas sueltas.
Mi madre perdió un embarazo como consecuencia
de la mala sangre. Nunca aclara a qué
se refiere cuando dice: perdí un embarazo
como consecuencia de la mala sangre
pero en mí, se ve
quedó el resabio de líquidos más pesados
y menos dulces que lo habitual.

Uno que sabe (lo digo por experiencia propia)

Taller de poesía de Osvaldo Bossi
Consultar arancel y método de trabajo a osbossi@yahoo.com.ar

jueves 19 de febrero de 2009

Perdida en Uruguay

Dejen todo en mis manos, Mario Levrero. Mondadori
Fue uno de los libros que me llevé a Punta Rubia. Tenía mucha expectativa con ML. La novela luminosa, dicen, es lo mejor, pero ésta, más finita me pareció accesible para un primer acercamiento. Quizás me equivoqué. Se lee en dos días, o solo en uno si no se tiene demsiadas cosas para hacer. La leí en una playa desierta. No era el Caribe, no era África, era, casualmente, Uruguay Como había tan poca gente a mi alrededor y como casi se puede decir que durante todo el verano interactué solo con S y el pequeño L tuve la sensación, mientras la leía, de estar en cualquier parte del mundo. S hacía las compras –había que caminar 2 km. por la playa y estar dispuesto a venir todo cargado- así que ni siquiera llegué a registrar en qué moneda se hacían las transacciones o cuál era la condición del cambio.. Cuando conocí La Pedrera, el pueblo cercano, me pareció que bien podía ser cualquier pueblo sudamericano. Esta impresión le debe mucho a la novela de Levrero, a esos pueblos que describe el autor, Penurias y los demás. Y esas divagación o chiste que pareciera ser su incansable búsqueda de Juan Pérez o Juan López, ya no recuerdo y, obviamente, poco importa el nombre de este personaje. Esto es más o menos, lo único que puedo decir sobre la novela. Y que me pareció machista, pero probablemente sea parte de la construcción del personaje principal políticamente poco correcto, lo cual está bien. Quizás no haya sido la elección más acertada de mi parte. Lo peor es que a continuación agarré Las Cosas, que en el mientras tanto leía Las alas de la paloma y que la novela de ML se perdió a la sombra de otros tiempos en los que se podía seguir a través de muuuuchas páginas la interioridad de un personaje. Este tipo de novela esta casi muerta. Parece que ahora, la única manera de escribir es deconstruyendo –uy qué palabra pasada de moda, pero no se me ocurre otra- la narración. Prometo intentar con otra de ML -probablemente a trilogía, que me han recomedado mucho- a ver qué pasa. (O si es que pasa algo, o que ese “no pasar nada” al menos me deja algo en la memoria.)

Una que sabe

Taller de poesía de Irene Gruss
Los grupos serán de cupo limitado. Para una primera entrevista comunicarse con el 4982-5463 de lunes a viernes de 12 a 20 hrs. o bien escribir a iregruss@gmail.com antes del lunes 16 de marzo.

jueves 12 de febrero de 2009

Deja vú

Estaba en Cúspide mirando libros. De pronto encontré uno cuyo autor ni siquiera recuerdo. Tampoco el título. Solo me acuerdo de que el libro parecía interesante, la tapa era más que seductora, creo que de Anagrama, pero poco importa, podría haber sido Tusquets, Sudamericana, lo mismo daba. Y de golpe fue como un deja vú. Me daban ganas de comprarlo aunque no supiera nada del autor, ni de sus temáticas. Aunque nadie, nadie me lo hubiera recomendado. Se me vino encima una sensación que no vivía desde hacía no sé, veinte años cuando iba a las librerías y compraba lo que me parecía que estaba bien, un poco por el título, otro poco por las primeras líneas y a veces por el final. Así descubrí a Carver. Pero el tema justamente estaba en que el nombre de autor no me influía, simplemente leía lo que se me daba la gana con la ingenuidad de quien descubre y se deja descubrir.
El martes en Cúspide enseguida pensé: en casa tengo To the Lighthouse, de V. Woolf -tengo ganas de leer todo Woolf, cosa que no he hecho- y dejé el libro desconocido en el estante. Una lástima quizás. Prometía trama, personajes y sobre todo el recuerdo de otra manera de leer. Porque hubo un tiempo en el que una biblioteca era algo más que recomendaciones, lecturas críticas, escritores conocidos y amigos, amados u odiados por cuestiones, a veces muy por debajo o por encima de la literatura.